En la misma mesa, con la misma tasa de café, encontraba cada tarde al mismo señor de una edad que ya no logro estimar, sentado, callado, solo, mirando por la ventana, como buscando rostros en los transeúntes. Dando pequeños sorbos con esa elegancia que solo tienen quienes la han conservado. Ninguno de los detalles tan cargados de historia en el Tortoni, incluyendo la figura de Gardel, los elegantes acabados de madera, ni los cientos de retratos antiguos, me intrigaban tanto como él. No podía adivinar si tenía hijos, casa o una pensión. No era fácil leerlo.
Sin embargo una de esas tardes, caminando por la calle, lo vi fuera del café por primera vez. Se veía angustiado. Tuve que seguirlo. Caminé tras él por todas partes, Había calles que nunca crucé en todos estos años que llevo en Buenos Aires. Al final se detuvo en una banca y no supe si tenía alguna idea de a dónde iba. Sacó un pañuelo de su solapa, se quitó el sombrero y secó el sudor de su ceño fruncido. Me miró como queriendo hablarme. -Señor, ¿sabe usted cómo llegar al Tortoni?-.
Cuando le respondí, se puso en pie, me agarró de gancho y con su mirada me obligó a ponerme en marcha. Su caminar era lento y cansado, pero no se detenía, no le costaba tampoco empezar la marcha después de los semáforos. Me contó que no podía perder tiempo porque tenía una cita con una mujer preciosa en el Tortoni. Una cita que, en ocasiones anteriores ella tuvo que aplazar, pero que esta vez se trataba de una promesa. Cuando llegamos, el mesero lo recibió con mucha alegría y lo ubicó en la misma mesa de siempre. Yo me senté a su lado y de pronto, un rayo de luz del atardecer, revivió una vieja fotografía de la pared que yo no había visto antes, retrataba la misma mesa, la misma tasa de café y el mismo señor varios años más joven, acompañado por una rubia preciosa.
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