El vigilante, ante ese argumento no pudo hacer más. La lógica le dijo que llamara al doctor Rengifo, pero su experiencia le dijo que sería él quien saldría vaciado. No es que el vigilante sea amargado, el tipo es buena gente, solo que en la última “integración” que organizó el doctor Nicolás meses atrás, dejaron vuelta nada la sala de juntas, oliendo a cigarrillo, el piso pegotudo, latas de cerveza por todas partes y un lavamanos roto, justo la noche anterior a la visita de unos clientes extranjeros. El doctor Rengifo colorado de la piedra, echó al anterior vigilante y prohibió a todos, incluso a su hijo ingresar bebidas alcohólicas a la oficina.
A Nicolás le dijo, a puerta cerrada que él ya no era un niño, que tenía que madurar y proteger la empresa que iba a ser su legado, no destruirla desde adentro.
El motivo de Nicolás para ir en contra de lo que ordenó su papá estaba frente a él, Sara, la niña nueva de mercadeo, que acaba de llegar de España en donde terminó una especialización en marketing y logística. Pelo castaño claro, ojos miel, toda una porcelana de buena familia. Una joven de aspecto inocente, risueña, gentil con todos, muy madura y ordenada para su edad, tenía muy buena ortografía, hablaba un inglés perfecto y se defendía en francés y portugués. Su indiferencia gentil intrigaba a Nicolás. Desde que llegó ha tratado de cortejarla. Ya en ocasiones anteriores habían tenido acercamientos y a pesar de que ella sonreía, se alejaba sin mirar atrás. Ese tira y afloje tenía a Nicolás más ansioso que nunca, sin embargo, si su plan salía bien, esa noche sucedería lo que tanto anhelaba. Nicolás invitó al parche de lambones a la sala de juntas. El vallenato no se hizo esperar, el sonido de latas abriéndose hacia un juego arrítmico con el acordeón. Las copas fueron pasando, las latas vacías acumulándose.
Nicolás terminó junto a Sara coqueteando con los juegos de “cuncho repite” y demás tácticas universitarias. Después de eso llegó la ronda de halagos, nobles propósitos y presunción. “He visto lo que haces y me parece increíble”... “en los detalles se ve tu inteligencia por encima de la de los demás”... “Saber que cada una de estas personas tiene trabajo y por eso pueden llevarle un mercado a su familia es lo que más me enorgullece de esta empresa”... “no sé si eres más bonita que pila o al revés”. Los tragos se volvieron risas y las risas abrazos y manos en las rodillas. Sara notaba lo cerdo que era Nicolás pero le agradaba que alguien se sintiera interesado con tanta vehemencia como él. Ella se sentía atraída pero trataba de andar con calma, como pensando en el futuro.
El golpe del reguetón se había vuelto mecánico, hipnótico. tu-patupa tu-patupa. Algunos estaban cansados y somnolientos, pidiendo uber en sus celulares y otros estaban dormidos en los sofás y sobre sus escritorios. Nicolás estaba en la recta final, Sara iba a pedir un uber y él no la dejó con el argumento de que sería peligroso que se fuera sola, que él podía acompañarla en un taxi, por supuesto que en un taxi, no sería tan irresponsable de manejar en ese estado. Ella aceptó con cierta incomodidad, sentía atracción por él, pero cuando vió a Nicolás en esa recta final donde ella era la meta, trató de evitarlo. Nicolás le metió trago hasta donde más pudo y ella ya no estaba dentro de sí. El taxi llegó y Nicolás les explicó a todos que él se haría cargo de llevarla a casa. Cuando salieron, los lambones se preguntaron ¿a casa de quién? y soltaron la carcajada. Sara entre dormida y muy tomada, entró a una portería que no reconocía, subió un ascensor que no le era familiar y se acostó en una cama extraña para ella. Escuchó a Nicolás susurrándole al oído cuánto le gustaba y sintió su mano entrar en su ropa interior. Sus manos contuvieron a Nicolás, pero sus ojos cerrados y su boca entreabierta decidieron otra cosa. Sara le dijo que él también le gustaba, pero que quería primero que hablaran. Él la interrumpió con un beso, le quitó la ropa y la penetró.
Un rayo de luz entró por un costado del blackout e iluminó los ojos de Sara, quien miraba a Nicolás dormido a su lado. Él despertó y la miró. Su indiferencia ya no era gentil, estaba notablemente arrepentida. Se vistió. Él por el contrario se sentía más honesto, el altruismo del que habló la noche anterior, quedó tirado entre colillas y latas vacías, en el pegotudo piso de la empresa. Ella le preguntó qué había pasado y él sonriendo le explicó. Ella le dijo que no quería hacerlo. Él de inmediato se puso a la defensiva “no me vaya a salir con que esto es una violación porque ambos estábamos igual de borrachos y bastante de acuerdo. No me diga que yo abusé de usted, ahora”. “No, no es eso”, dijo ella decepcionada, de mal humor pero muy orgullosa. Sara recogió sus cosas, se amarró el pelo y se fue del apartamento sin contarle que la razón por la que quería conversar antes del sexo, era para advertirle acerca de la comezón que tuvo cuando llegó a Colombia, la cual el médico describió como una enfermedad venérea que contrajo en España y que ahora también tendría el doctor Nicolás.
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