no siento en la nuca más que calor,
el atrevimiento de apretar mis puños
tengo el corazón oscurecido
y su pelo enredado en mis dientes.
Maté la bondad en mí.
¿Quién es Dios más que ese perro furioso?
Quiero masticar su mente.
Quiero arder en su rostro.
Hoy no hay música,
solo percusión.
Repito las notas
como la ira repite sus pasos,
una y otra vez,
una y otra vez,
una y otra vez.
Está enclaustrada
Soy el garabato de mi reflejo,
el grito que degolla la garganta.
Mi cabeza es un corazón que palpita,
se calienta y piensa en rojo
al ritmo del boxeo:
Un, dos... un, dos…
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