El sol del mediodía estrellaba las sombras debajo de los carros, los semáforos, las personas y los puestos de comida callejeros. Pero había una sombra que el sol no encontraba, la del abuelo del costal que deambulaba, gritándoles insultos por la mitad de la carrera octava, frente a La Gran 13. La gente se detenía y lo miraba caminando sin sombra, como despegado del piso. Algunos extrañados, otros horrorizados, no se explicaban el fenómeno científico o satánico.
“...Ahora sí me ven, ¿no, hijueputas? ¿Ahora sí me escuchan, gonorreas?...”
El hombre se había mutilado la sombra para que dejaran de ignorarlo.
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