domingo, 15 de marzo de 2020

Si no me falla la memoria

En la misma mesa, con la misma tasa de café, encontraba cada tarde al mismo señor de una edad que ya no logro estimar, sentado, callado, solo, mirando por la ventana, como buscando rostros en los transeúntes. Dando pequeños sorbos con esa elegancia que solo tienen quienes la han conservado. Ninguno de los detalles tan cargados de historia en el Tortoni, incluyendo la figura de Gardel, los elegantes acabados de madera, ni los cientos de retratos antiguos, me intrigaban tanto como él. No podía adivinar si tenía hijos, casa o una pensión. No era fácil leerlo.

Sin embargo una de esas tardes, caminando por la calle, lo vi fuera del café por primera vez. Se veía angustiado. Tuve que seguirlo. Caminé tras él por todas partes, Había calles que nunca crucé en todos estos años que llevo en Buenos Aires. Al final se detuvo en una banca y no supe si tenía alguna idea de a dónde iba. Sacó un pañuelo de su solapa, se quitó el sombrero y secó el sudor de su ceño fruncido. Me miró como queriendo hablarme. -Señor, ¿sabe usted cómo llegar al Tortoni?-.

Cuando le respondí, se puso en pie, me agarró de gancho y con su mirada me obligó a ponerme en marcha. Su caminar era lento y cansado, pero no se detenía, no le costaba tampoco empezar la marcha después de los semáforos. Me contó que no podía perder tiempo porque tenía una cita con una mujer preciosa en el Tortoni. Una cita que, en ocasiones anteriores ella tuvo que aplazar, pero que esta vez se trataba de una promesa. Cuando llegamos, el mesero lo recibió con mucha alegría y lo ubicó en la misma mesa de siempre. Yo me senté a su lado y de pronto, un rayo de luz del atardecer, revivió una vieja fotografía de la pared que yo no había visto antes, retrataba la misma mesa, la misma tasa de café y el mismo señor varios años más joven, acompañado por una rubia preciosa.

Perrera

A media hora de la ciudad, por la autopista norte, en la facultad de veterinaria de la Universidad Regional, desaparecieron algunos de los perros que la universidad ponía a disposición de las prácticas estudiantiles. Rosendo, el cuidandero de la universidad, con un trote cansado iba hacia la entrada principal para abrirle la reja a Ricardo, un estudiante, que siempre llegaba en autos lujosos y cuyo único motivo para saludar a quien no conoce, era que esa persona tuviera un buen par de tetas. Rosendo por supuesto se quedó con el saludo extendido.

La razón por la que Ricardo iba a la universidad en vacaciones era porque los videos de vigilancia, las botellas de licor en su casillero y su mala reputación, lo señalaban como autor de esas desapariciones. En la oficina del rector, se veía a Ricardo manoteando, indignado por la acusación y porque lo habían forzado a interrumpir sus vacaciones. Manoteando nuevamente, rechazó el té que Rosendo le había traído. En vez de tener una actitud dócil que lo absolviera, actuaba cada vez más desafiante y arrogante, incluso amenazó al rector con que su papá mandaría a cerrar la universidad. “Ustedes no saben quién soy yo” dijo.
Y como gran final de su pataleta, les gritó con la voz quebrada y los ojos llorosos “¿Cómo me iba a poner a desaparecer perros, si sigo buscando a mi hermana? ¿Olvidan que la policía aún la está buscando en este sector?” Ese argumento pudo favorecerlo de no ser por la forma en la que titubeó, dando respuestas confusas, contradictorias que solo causaban más dudas.

Al sentirse acorralado, Ricardo lanzó al piso las cosas del escritorio del rector y salió, azotando la puerta. Se dirigió a su auto y arrancó, casi pasando por encima de Rosendo. “Ricardo tiene mucho que aprender de usted, Rosendo, de su humildad, de su gentileza” dijo el rector, sin saber que el refrigerador del ranchito de Rosendo, estaba lleno con perros muertos picados y con lo que quedaba del cuerpo de una joven mujer.

La nueva y el doctor

“El hijo del dueño de la empresa hace aquí, lo que se le da la gana. Y si lo que quiere es tomarse unos tragos después de camellar, está en todo su derecho y usted no es nadie para impedírselo” Así le respondió el doctor Nicolás al vigilante, refiriéndose a sí mismo, mientras entraba casi a empujones con las bolsas blancas llenas de cerveza, aguardiente y paquetes de chicharrón.

El vigilante, ante ese argumento no pudo hacer más. La lógica le dijo que llamara al doctor Rengifo, pero su experiencia le dijo que sería él quien saldría vaciado. No es que el vigilante sea amargado, el tipo es buena gente, solo que en la última “integración” que organizó el doctor Nicolás meses atrás, dejaron vuelta nada la sala de juntas, oliendo a cigarrillo, el piso pegotudo, latas de cerveza por todas partes y un lavamanos roto, justo la noche anterior a la visita de unos clientes extranjeros. El doctor Rengifo colorado de la piedra, echó al anterior vigilante y prohibió a todos, incluso a su hijo ingresar bebidas alcohólicas a la oficina.
A Nicolás le dijo, a puerta cerrada que él ya no era un niño, que tenía que madurar y proteger la empresa que iba a ser su legado, no destruirla desde adentro.

El motivo de Nicolás para ir en contra de lo que ordenó su papá estaba frente a él, Sara, la niña nueva de mercadeo, que acaba de llegar de España en donde terminó una especialización en marketing y logística. Pelo castaño claro, ojos miel, toda una porcelana de buena familia. Una joven de aspecto inocente, risueña, gentil con todos, muy madura y ordenada para su edad, tenía muy buena ortografía, hablaba un inglés perfecto y se defendía en francés y portugués. Su indiferencia gentil intrigaba a Nicolás. Desde que llegó ha tratado de cortejarla. Ya en ocasiones anteriores habían tenido acercamientos y a pesar de que ella sonreía, se alejaba sin mirar atrás. Ese tira y afloje tenía a Nicolás más ansioso que nunca, sin embargo, si su plan salía bien, esa noche sucedería lo que tanto anhelaba. Nicolás invitó al parche de lambones a la sala de juntas. El vallenato no se hizo esperar, el sonido de latas abriéndose hacia un juego arrítmico con el acordeón. Las copas fueron pasando, las latas vacías acumulándose.

Nicolás terminó junto a Sara coqueteando con los juegos de “cuncho repite” y demás tácticas universitarias. Después de eso llegó la ronda de halagos, nobles propósitos y presunción. “He visto lo que haces y me parece increíble”... “en los detalles se ve tu inteligencia por encima de la de los demás”... “Saber que cada una de estas personas tiene trabajo y por eso pueden llevarle un mercado a su familia es lo que más me enorgullece de esta empresa”... “no sé si eres más bonita que pila o al revés”. Los tragos se volvieron risas y las risas abrazos y manos en las rodillas. Sara notaba lo cerdo que era Nicolás pero le agradaba que alguien se sintiera interesado con tanta vehemencia como él. Ella se sentía atraída pero trataba de andar con calma, como pensando en el futuro.

El golpe del reguetón se había vuelto mecánico, hipnótico. tu-patupa tu-patupa. Algunos estaban cansados y somnolientos, pidiendo uber en sus celulares y otros estaban dormidos en los sofás y sobre sus escritorios. Nicolás estaba en la recta final, Sara iba a pedir un uber y él no la dejó con el argumento de que sería peligroso que se fuera sola, que él podía acompañarla en un taxi, por supuesto que en un taxi, no sería tan irresponsable de manejar en ese estado. Ella aceptó con cierta incomodidad, sentía atracción por él, pero cuando vió a Nicolás en esa recta final donde ella era la meta, trató de evitarlo. Nicolás le metió trago hasta donde más pudo y ella ya no estaba dentro de sí. El taxi llegó y Nicolás les explicó a todos que él se haría cargo de llevarla a casa. Cuando salieron, los lambones se preguntaron ¿a casa de quién? y soltaron la carcajada. Sara entre dormida y muy tomada, entró a una portería que no reconocía, subió un ascensor que no le era familiar y se acostó en una cama extraña para ella. Escuchó a Nicolás susurrándole al oído cuánto le gustaba y sintió su mano entrar en su ropa interior. Sus manos contuvieron a Nicolás, pero sus ojos cerrados y su boca entreabierta decidieron otra cosa. Sara le dijo que él también le gustaba, pero que quería primero que hablaran. Él la interrumpió con un beso, le quitó la ropa y la penetró.

Un rayo de luz entró por un costado del blackout e iluminó los ojos de Sara, quien miraba a Nicolás dormido a su lado. Él despertó y la miró. Su indiferencia ya no era gentil, estaba notablemente arrepentida. Se vistió. Él por el contrario se sentía más honesto, el altruismo del que habló la noche anterior, quedó tirado entre colillas y latas vacías, en el pegotudo piso de la empresa. Ella le preguntó qué había pasado y él sonriendo le explicó. Ella le dijo que no quería hacerlo. Él de inmediato se puso a la defensiva “no me vaya a salir con que esto es una violación porque ambos estábamos igual de borrachos y bastante de acuerdo. No me diga que yo abusé de usted, ahora”. “No, no es eso”, dijo ella decepcionada, de mal humor pero muy orgullosa. Sara recogió sus cosas, se amarró el pelo y se fue del apartamento sin contarle que la razón por la que quería conversar antes del sexo, era para advertirle acerca de la comezón que tuvo cuando llegó a Colombia, la cual el médico describió como una enfermedad venérea que contrajo en España y que ahora también tendría el doctor Nicolás.

Días de pesca

Una vez se separaban, él revisaba la carnada, se dirigía a altamar y lanzaba su red donde su experiencia le susurraba. Ella, por su parte, se quedaba en tierra, encargándose de otros oficios en la casita que tenían sobre la playa. Desde ahí, ella también pescaba. Tejía una red con su mirada y la lanzaba al horizonte por la ventana, buscándolo. Cuando la recogía, examinaba cada embarcación que capturaba: veleros, lanchas, balsas, chalupas, barcazas. Al no identificarlas con el nombre “El Vagabundo”, las dejaba ir, igual que él lo hacía con los peces demasiado pequeños para agarrarlos. Había días buenos, pero ese en especial no había pescado nada y así volvió a casa, con las manos vacías. En cambio ella, cada día que lo veía desembarcar con la red sobre sus hombros, sabía que su pesca sí había sido afortunada.

Costumbre Bogotana

El sol del mediodía estrellaba las sombras debajo de los carros, los semáforos, las personas y los puestos de comida callejeros. Pero había una sombra que el sol no encontraba, la del abuelo del costal que deambulaba, gritándoles insultos por la mitad de la carrera octava, frente a La Gran 13. La gente se detenía y lo miraba caminando sin sombra, como despegado del piso. Algunos extrañados, otros horrorizados, no se explicaban el fenómeno científico o satánico.
“...Ahora sí me ven, ¿no, hijueputas? ¿Ahora sí me escuchan, gonorreas?...”
El hombre se había mutilado la sombra para que dejaran de ignorarlo.

Recado

En la cena un niño dice a su mamá:
“¿Guardo mi pollo para mañana?”
El mañana tiene más hambre que el niño.

La mamá quisiera decirle que no,
que en la olla hay más,
pero ella sabe que no es así,
que en la olla guarda lo mismo
que guarda en sus bolsillos.
Sin embargo la mamá sonríe
y le responde que sí.

No es una lección de humildad.
La mamá le enseña al niño
a ser generoso con su destino.

Música en el balcón

Las gotas de lluvia suspendidas
en la baranda de mi balcón
esperan como un teclado
a su intérprete,
en grupos de dos y tres.

Algunas de ellas se cansan
de esperar y se van
otras se quedan ahí
torciendo la luz,
torciendo el paisaje.

Mis dedos torpes
extinguen un par de ellas,
mis ojos sin entender
interpretan su música.
En el horizonte se ve la tarde,
en las gotas el amanecer.

Muero porque venga el intérprete
y entone en las gotas
la música que guardan en su interior.
Quién pudiera descifrarlas.
Quién pudiera sacar la música de una gota
Quién supiera tocar el teclado
que la lluvia colgó en mi baranda.
Mis oídos tienen sed de su música
y mis dedos torpes se mueven
en el aire deseando ser
los dedos del intérprete.

Un pájaro canta a lo lejos
son las seis.
Es el fin de la canción
que nunca existió.

Elefante

Cuando la niñez
y la vejez se encuentran,
nace un elefante.
Sus ojos lloran burbujas
y el viento las sopla por ahí.

El elefante,
gris como las rocas
y los nubarrones,
es amarillo por dentro.

Anciano con pestañas de niño.
No tiene familia en esta tierra.
Sol gris.

Cuando la niñez
y la vejez se encuentran
la imaginación
devuelve los recuerdos
que el olvido se llevó.

Cuando la vejez
y la niñez se despiden
el elefante se aleja
y no vuelve.

Sin embargo, el elefante
es tal como el viejo lo recuerda
y justo como el niño lo imaginó.

Mandíbula apretada

Provoco los colmillos babeantes
no siento en la nuca más que calor,
el atrevimiento de apretar mis puños
tengo el corazón oscurecido
y su pelo enredado en mis dientes.
Maté la bondad en mí.
¿Quién es Dios más que ese perro furioso?
Quiero masticar su mente.
Quiero arder en su rostro.
Hoy no hay música,
solo percusión.
Repito las notas
como la ira repite sus pasos,
una y otra vez,
una y otra vez,
una y otra vez.
Está enclaustrada
Soy el garabato de mi reflejo,
el grito que degolla la garganta.
Mi cabeza es un corazón que palpita,
se calienta y piensa en rojo
al ritmo del boxeo:
Un, dos... un, dos…

Estrella de vidrio

La estrella brilla con fuerza,
lo sé porque otros lo saben.
Pero su luz a mí, no me llega.
La estrella está tan lejos que no me toca.
Entonces busco la luz del licor
Para mí no hay más luz en la estrella
que en el alcohol que bebo.
Termino la última gota.
Rompo la botella contra el andén.
Sus cristales más pequeños brillan.

Ochenta

Me visto solo.
Estoy solo.
Ya ni mis dientes,
ni mi pelo me acompañan
Solo me visitan los recuerdos
algunas horas los fines de semana.
No tengo dinero
y tampoco lo necesito
para las deudas que tengo.
Ya sé contar hasta ochenta.
Cuando el tiempo se descarapela
debajo se ve la soledad.
Me siento a la mesa.
Como solo.
Estoy solo.

Los tendones

Los tendones del alma
tratan de sujetar tu mano
destiemplan mis rodillas
tiemplan la poesía en mí.
Halan uno por uno
los vellos de mis brazos.
Y halan también mi voz.
Mi voz, templada, empieza a gritar.
Los tendones del alma
rasgan y toman de mi mente,
la parte que es azar.
La vuelven voz
efímera, aunque poderosa.
Los tendones unen las palabras.
Gruño y rasgo mi ropa,
bailo y derribo los muros.

“El hijo del dueño de la empresa hace aquí, lo que se le da la gana. Y si lo que quiere es tomarse unos tragos después de camellar, está en ...