domingo, 15 de marzo de 2020

Perrera

A media hora de la ciudad, por la autopista norte, en la facultad de veterinaria de la Universidad Regional, desaparecieron algunos de los perros que la universidad ponía a disposición de las prácticas estudiantiles. Rosendo, el cuidandero de la universidad, con un trote cansado iba hacia la entrada principal para abrirle la reja a Ricardo, un estudiante, que siempre llegaba en autos lujosos y cuyo único motivo para saludar a quien no conoce, era que esa persona tuviera un buen par de tetas. Rosendo por supuesto se quedó con el saludo extendido.

La razón por la que Ricardo iba a la universidad en vacaciones era porque los videos de vigilancia, las botellas de licor en su casillero y su mala reputación, lo señalaban como autor de esas desapariciones. En la oficina del rector, se veía a Ricardo manoteando, indignado por la acusación y porque lo habían forzado a interrumpir sus vacaciones. Manoteando nuevamente, rechazó el té que Rosendo le había traído. En vez de tener una actitud dócil que lo absolviera, actuaba cada vez más desafiante y arrogante, incluso amenazó al rector con que su papá mandaría a cerrar la universidad. “Ustedes no saben quién soy yo” dijo.
Y como gran final de su pataleta, les gritó con la voz quebrada y los ojos llorosos “¿Cómo me iba a poner a desaparecer perros, si sigo buscando a mi hermana? ¿Olvidan que la policía aún la está buscando en este sector?” Ese argumento pudo favorecerlo de no ser por la forma en la que titubeó, dando respuestas confusas, contradictorias que solo causaban más dudas.

Al sentirse acorralado, Ricardo lanzó al piso las cosas del escritorio del rector y salió, azotando la puerta. Se dirigió a su auto y arrancó, casi pasando por encima de Rosendo. “Ricardo tiene mucho que aprender de usted, Rosendo, de su humildad, de su gentileza” dijo el rector, sin saber que el refrigerador del ranchito de Rosendo, estaba lleno con perros muertos picados y con lo que quedaba del cuerpo de una joven mujer.

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