en la baranda de mi balcón
esperan como un teclado
a su intérprete,
en grupos de dos y tres.
Algunas de ellas se cansan
de esperar y se van
otras se quedan ahí
torciendo la luz,
torciendo el paisaje.
Mis dedos torpes
extinguen un par de ellas,
mis ojos sin entender
interpretan su música.
En el horizonte se ve la tarde,
en las gotas el amanecer.
Muero porque venga el intérprete
y entone en las gotas
la música que guardan en su interior.
Quién pudiera descifrarlas.
Quién pudiera sacar la música de una gota
Quién supiera tocar el teclado
que la lluvia colgó en mi baranda.
Mis oídos tienen sed de su música
y mis dedos torpes se mueven
en el aire deseando ser
los dedos del intérprete.
Un pájaro canta a lo lejos
son las seis.
Es el fin de la canción
que nunca existió.
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